El síndrome de fatiga crónica impide trabajar a miles de personas y genera pérdidas económicas de miles de millones de dólares a nivel mundial.
La encefalomielitis miálgica/síndrome de fatiga crónica (EM/SFC) es una enfermedad crónica reconocida por autoridades sanitarias internacionales, caracterizada por fatiga extrema y persistente que no mejora con el descanso, acompañada de síntomas neurológicos, musculares, cognitivos y de sueño que afectan gravemente la vida diaria de quienes la padecen.
Uno de los principales rasgos de esta enfermedad es el malestar posesfuerzo, es decir, un empeoramiento severo de los síntomas tras realizar actividades físicas o mentales mínimas, lo que provoca una drástica reducción de la actividad corporal y funcional.
Estudios han documentado que las personas con EM/SFC presentan una disminución promedio del 54 % en su productividad laboral y hasta un 37 % en actividades domésticas, comparadas con personas sanas.
Esta pérdida de funcionalidad tiene un impacto directo en el empleo. Un porcentaje significativo de pacientes se ve obligado a reducir jornadas laborales, cambiar de empleo o abandonar por completo el mercado de trabajo, debido a la incapacidad física y cognitiva que genera la enfermedad.
El impacto económico es contundente. En Estados Unidos, investigaciones estiman que la EM/SFC provoca pérdidas anuales de entre 9 mil 500 y 24 mil millones de dólares, considerando la disminución de la productividad y los costos médicos asociados.
A nivel individual, esto representa un costo promedio cercano a 20 mil dólares por paciente al año solo en pérdida productiva.
En otros países, el escenario es similar. En Australia, un estudio reciente calculó que el costo anual por persona con síndrome de fatiga crónica puede alcanzar los 63 mil dólares australianos, y que el impacto económico total a nivel nacional podría oscilar entre 1.3 y más de 10 mil millones de dólares australianos, dependiendo del grado de discapacidad de los pacientes.
Especialistas advierten que estas cifras podrían ser mayores debido al subdiagnóstico, la falta de tratamientos curativos y el prolongado tiempo que tardan muchas personas en recibir un diagnóstico formal.
A ello se suman los costos indirectos, como el cuidado informal por parte de familiares y la exclusión laboral prolongada.
Pese a su alto impacto social y económico, la EM/SFC continúa siendo una enfermedad invisible, frecuentemente minimizada o confundida con estrés o agotamiento común.
No obstante, la evidencia científica confirma que se trata de una condición médica real, incapacitante y costosa, que requiere mayor visibilidad, investigación y políticas públicas orientadas a la atención integral de quienes la padecen.